La segunda presidencia de Obama y las tareas por delante

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Después de una maratónica noche en la que, una vez más, demoró varios días el resultado de la Florida, el presidente Barak Obama ratificó un segundo período presidencial, tras vencer a su rival republicano Mitt Romney tanto en el Colegio Electoral como en votos populares. Obama reuniría 332 votos electorales y 62,3 millones de votos (51%) frente a 206 votos electorales de Romney y una votación popular de 58,9 millones (48%).

La contienda del Congreso mantuvo el status quo, según el cual, los demócratas conservaron la mayoría en el Senado y los republicanos conservaron el control de la Cámara de Representantes (con menos escaños de los que tenían después de la elección de 2010). El balance en el Senado arroja 53 curules para los demócratas y 45 para los republicanos y dos escaños en manos de independientes. En la Cámara, los republicanos obtuvieron 233 curules (una pérdida neta de 9 respecto a 2010) y los demócratas obtuvieron 195 (9 más que en 2010).

Esto significa que, al menos para el período 2013-15, se mantendrá el actual equilibrio de poderes, un demócrata en la Casa Blanca, el Senado con mayoría demócrata y la Cámara con mayoría republicana. Sin embargo, no cabe dudas de que esta elección fue una victoria contundente de los candidatos demócratas, si se tiene en cuenta que los republicanos no sólo perdieron la elección presidencial sino que retrocedieron en ambas cámaras.

La magnitud de las tareas que tienen por delante tanto el ejecutivo como el legislativo indican la necesidad de un duro trabajo bipartidista. Los temas álgidos en la agenda legislativa requieren del consenso o, por el contrario, las actividades ejecutiva y legislativa entrarían en situación de parálisis. En particular, este esfuerzo se requerirá para la reforma migratoria y para la aprobación del presupuesto.

No cabe dudas que el mayor reto del presidente será impulsar el empleo y por tanto, el crecimiento económico. Sin embargo, esto es algo que no depende de los gobiernos en las economías de mercado, como es el caso de Estados Unidos. El gobierno puede promover el clima de confianza inversionista, estimular la inversión pero, como ya he explicado en la entrada anterior dedicada a la crisis económica, sus opciones son limitadas mientras subsista el actual abismo fiscal.

Así las cosas, sólo es posible gastar más si se alivia la deuda y para ello, será necesario ingresar más, y eso sólo puede ocurrir mediante un incremento de los impuestos, especialmente, los impuestos a la renta de aquellos que perciben los mayores niveles de ingreso en la sociedad norteamericana. Una política expansiva de gasto pasaría por una política que conduzca a mayor recaudación, cuidando que las tasas marginales de impuesto no fueran tan altas que desestimulen la inversión (curva de Laffer) y en consecuencia, conduzcan a una menor recaudación.

En la actualidad, los temas de empleo y de la deuda pública están profundamente vinculados. En tal sentido, la política fiscal debería estar orientada, fundamentalmente, a responder a las necesidades de impulsar el empleo en el país y, en consecuencia, el crecimiento económico y al mismo tiempo disminuir la deuda pública a partir de un mejor balance fiscal.

El tema social no puede ser descuidado en esta segunda administración de Obama. Si la mayor parte de los norteamericanos no votaron por Romney no fue porque Obama lo hubiera hecho muy bien en su primer período sino por la amenaza de que la tradición neoliberal de los conservadores, especialmente del Tea Party, significaran cuatro años de más penurias para la clase trabajadora norteamericana, la cual, como en cualquier parte del mundo, carga sobre sus hombros los pesos de las crisis.

Así las cosas, el tema de la emigración, el avance del llamado “Obamacare” (sistema público de salud de cubrimiento universal), así como esperados avances de cobertura y calidad en la educación pública deberían permitir un balance social diferente para esta segunda presidencia.

Adicionalmente, la nueva administración Obama tiene una serie de importantes retos en política exterior que no pueden ser soslayados en la actual coyuntura económica.

Por una parte, Estados Unidos deberá seguir insistiendo en la necesidad de mantener un clima de liberalización de las relaciones comerciales internacionales. Con el apoyo del G20, se ha logrado evitar que la crisis económica fuera acompañada de una guerra comercial proteccionista que habría tenido consecuencias altamente destructivas para la economía mundial, como ocurrió durante la Gran Depresión. Sin embargo, serán necesarios esfuerzos renovados para evitar el fantasma de las políticas de empobrecer al vecino.

Desde hace casi cuarenta años la economía mundial carece de un sistema monetario internacional que regule adecuadamente los flujos estabilizadores de balanzas de pagos internacionales. El abandono del patrón oro ha conducido a un patrón dólar (o patrón divisa) que tiene como base la moneda de Estados Unidos que ya no es el país acreedor por excelencia sino, por el contrario, un importante deudor internacional. De ahí la debilidad del sistema actual de relaciones monetarias internacionales, el cual requiere de una nueva arquitectura que refleje el equilibrio de poderes existente en la economía mundial.

En las relaciones comerciales y financieras internacionales, la acción multilateral parece ser la mejor opción. Estados Unidos no está en condiciones de imponer la “pax americana”. Necesita de la concertación con otras potencias, y muy especialmente de algunas potencias emergentes, cuya importancia en el mundo es cada vez mayor. Ello implica mantener las relaciones históricas con la Unión Europea y Japón, pero al mismo tiempo, desarrollar un mayor clima de confianza con países como China, Rusia, India, Brasil, México y Sudáfrica, por sólo mencionar algunos.

La lucha contra el terrorismo sigue siendo una prioridad de la política exterior y en ese contexto se mueve toda la ecuación relativa a las relaciones con el Medio Oriente. La alianza estratégica con Israel no puede desconocer la necesidad y la urgencia del reconocimiento de la existencia de un Estado Palestino independiente. Un mayor compromiso en ese sentido podría desbaratar la tradicional sospecha de los regímenes árabes respecto a la imparcialidad de la política norteamericana en la región.

América Latina debería jugar un rol más destacado en la política exterior norteamericana. Los acuerdos de libre comercio que se han firmado recientemente no son el único aspecto por el que debe pasar la relación entre el norte y el sur del hemisferio occidental. La cooperación en la lucha contra las drogas debería ser complementada con una mayor cooperación para el desarrollo. La prosperidad de las sociedades latinoamericanas es beneficiosa también para Estados Unidos porque disminuiría la presión de la inmigración ilegal y porque permitiría aumentar la magnitud del intercambio comercial con Estados Unidos.

Unas palabras finales sobre la relación con Cuba. Cuba es el único país latinoamericano con el que Estados Unidos no tiene relaciones diplomáticas. Las exigencias que se le hacen al régimen cubano para restablecerlas (democratización política) no se le aplican a otros países con los que Washington mantiene excelentes relaciones económicas y políticas. La negativa del gobierno chino a permitir oposición alguna no ha sido óbice para que Estados Unidos mantenga excelentes relaciones con Beijing. Tampoco se le ha exigido a Arabia Saudita que democratice su sistema político y abandone su actual régimen de monarquía absoluta para mantener una relación de aliados con Estados Unidos. Cuba debería democratizar su régimen político y permitir la sana competencia de ideas y de proyectos políticos pero cinco décadas de embargo comercial no han facilitado el camino hacia la democracia en ese país, así es que es hora de modificar la política. La política hacia Cuba debería corresponderse con los intereses de política exterior de la administración norteamericana y no seguir siendo objeto de política doméstica, de acuerdo a los intereses de un grupo específico del exilio radicado en la Florida.

About mauriciodemiranda

La Habana, 1 de abril de 1958. Doctor en Economía Internacional y Desarrollo, Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciado en Economía, Universidad de La Habana, Cuba. Profesor Titular del Departamento de Economía y Director del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico de la Pontificia Universidad Javeriana, Cali, Colombia.
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