Watergate a la colombiana.

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El próximo 25 de mayo de 2014 tendrá lugar en Colombia la primera vuelta de la elección presidencial. En los años que llevo viviendo en este país, creo que es la más aburrida y lamentable campaña electoral que haya presenciado.

Cinco candidatos se disputan la Casa de Nariño: el presidente Juan Manuel Santos, que busca la reelección; el candidato del uribismo Óscar Ivan Zuluaga; la conservadora Martha Lucía Ramírez; el candidato de la Alianza Verde, Enrique Peñalosa y la candidata de la coalición de izquierda Polo Democrático y Unión Patriótica Clara López.

Las encuestas dicen que habrá segunda vuelta y que los oponentes serían Santos y Zuluaga.

La campaña se ha caracterizado por la ausencia de debate político, escasez de ideas y abundancia de “trapos sucios” sobre todo entre las dos campañas mayoritarias. Sin embargo, esa sensación de inutilidad que demuestran los principales candidatos no ha sido aprovechada por los otros contendientes para demostrar que poseen madera de estadistas y que el país iría seguro con ellos.

En los últimos días se observa que la lucha entre las dos principales campañas se basa sólo en acusaciones sobre actos inmorales e ilegales. Que si la campaña de Santos de 2010 fue penetrada por dineros calientes (que no se ha probado), que si la campaña de Zuluaga espió a los negociadores de paz e incluso al mismísimo presidente, a través de un hacker quien, por demás, pareciera salido de las Secciones de Asalto hitlerianas. En fin, algo verdaderamente asqueroso, un “Watergate a la colombiana”.

Personalmente no creo mucho en las encuestas de intención de voto. En los últimos tiempos y en varios países las encuestas han ido bastante mal. La reciente elección panameña fue un ejemplo clarísimo, como lo fue también la elección de 2010 en Colombia en la que supuestamente Mockus derrotaba a Santos y fue arrasado por la maquinaria de entonces.

Creo que Santos será reelegido presidente. Cuenta con la maquinaria del poder y el respaldo del partido de gobierno (la U), del Partido Liberal que aparece cada vez más pujante desde la debacle Samper-Serpa, así como del Cambio Radical de Vargas Lleras y una parte del Partido Conservador, apegada a las migajas del poder y el clientelismo. Santos tiene, además, una gran baza en sus manos: la posibilidad de llevar al país a la paz o, al menos, a concluir la guerra contra la guerrilla que resta recursos a la educación, a la salud, a los programas sociales, y que, además destruye la infraestructura y los recursos de la nación y que, sobre todo, sigue cobrando vidas humanas, muchas de ellas, sin relación alguna con la guerra. Santos tiene a su favor, el buen desempeño macroeconómico del país. Sin embargo, su política social ha sido lamentable. Regalar casas no es hacer política social, es hacer politiquería, que además refuerza el hábito asistencialista tan arraigado en la tradición política colombiana cuando la gente vota por aquellos que les prometen cosas que luego se olvidan de cumplir.

Sin embargo, desearía que esta victoria de Santos resulte pírrica para ver si al menos se decide a gobernar para todos los colombianos y no como hasta ahora para la élite cachaca. Y si no siente la presión él mismo, porque sabe que éste sería su último período, que al menos se sienta presionado por su delfín declarado, el candidato a vicepresidente Germán Vargas Lleras quien estaría punteando en la lid de 2018.

Lo que está en el meollo de la situación es precisamente el proceso de paz. El uribismo aparece como el único contrario a las negociaciones. Su política de seguridad democrática sin duda golpeó a la guerrilla pero tras ocho años en el poder allí siguieron las FARC y el ELN, debilitados pero vivos. Muchos creemos que no debe haber impunidad en los crímenes de lesa humanidad, tanto de la guerrilla, como de la fuerza pública. Si monstruosos son los crímenes de la guerrilla, monstruosos son los falsos positivos que, por cierto, abundaron en el gobierno de Uribe. Sin embargo, si el Estado no ha podido derrotar a la guerrilla y se está produciendo una negociación, ambas partes tienen que ceder en ciertas cosas. Y eso significa aceptar que ciertas cosas cambien. La única manera de no tener que ceder ante la guerrilla era derrotándola militarmente. Pero eso no ha sido posible.

Para mi es clarísimo que ambos grupos guerrilleros perdieron el norte moral que enarbolaron en los años en que ambos se fundaron. Se han corrompido con el narcotráfico, el secuestro de civiles y militares, miles de crímenes contra la población civil, y con los asesinatos a los policías y militares presos. Y los votantes colombianos seguramente tendrán eso en cuenta el día que se sometan al escrutinio de elecciones democráticas.

Mientras tanto, el ex presidente Uribe parece haber perdido contacto con la realidad y con la mesura que debe caracterizar a un estadista. Ahora arremete contra el “castro-chavismo”, se abroga el derecho de pontificar sobre lo que ocurre en Venezuela e interviene irresponsablemente en los asuntos internos de ese país. Y no es porque esté mal criticar al gobierno venezolano que está hundiendo a ese país sino porque la crítica de un ex presidente de otro país suena a injerencia externa. Por otra parte, pierde el equilibrio que debe tener un estadista cuando derrocha odio hacia todo lo que signifique el proceso de paz cuando después de ocho años de su propio gobierno no fue capaz de obtener la victoria militar total. Mientras tanto el país se desangra en una guerra fratricida que sume al país en más pobreza y más retraso, además de seguir cobrando vidas de colombianos. En el fondo, lo que ha molestado a Uribe es que su delfín no fue su marioneta cuando él mismo no pudo optar por un tercer período presidencial. Es una rabieta de caudillo despreciado.

Creo que el próximo cuatrienio no será el período de gobierno que necesita Colombia para acceder al desarrollo. Hace falta un cambio institucional fundamental. El Congreso, elegido en marzo, tiene los mismos atavismos de siempre: 1) ausencia de partidos fuertes y organizados, 2) legislación de espaldas a las necesidades del país y beneficiando a la corrupta clase política, 3) congresistas acostumbrados al clientelismo, a las tajadas burocráticas y económicas. ¿Es ésa la institución legislativa que necesita el país? Mi respuesta es NO.

El gobierno que surja de las presidenciales será, en cualquier caso, un gobierno débil, con muy poco respaldo popular, por el desgano de la población, el alto abstencionismo previsible y un importante sector de la población promoviendo el voto en blanco. Asumiendo que pasen Santos y Zuluaga a segunda vuelta, no es de esperar que haya endosos de otros grupos políticos, quizás salvo el conservatismo de Martha Lucía Ramírez que, quizás optaría por Zuluaga. Es decir, no creo que los votantes del Polo Democrático y de la Unión Patriótica, hagan algo distinto a un voto en blanco o la abstención en segunda vuelta, si su candidata no pasa. Las huestes de la Alianza Verde podrían dividirse entre la abstención, el voto en blanco, Santos y Zuluaga, lo cual significa, nada. Creo que los endosos los habría sólo si se hace evidente que Zuluaga pudiera ganar la segunda vuelta, en cuyo caso, muy probablemente se produzca el “voto útil” en contra del uribismo de los seguidores de las toldas de la Alianza Verde y del Polo Democrático-Unión Patriótica. En todo caso, es muy posible que el ganador de estas elecciones cuente con un respaldo de alrededor de una cuarta parte del padrón electoral, lo cual es realmente un respaldo muy débil.

Mientras tanto, los problemas fundamentales del país siguen a la espera de políticas claras para solucionarlos. Al margen de las urgencias de la paz, la agenda de desarrollo del país sigue teniendo asuntos graves pendientes de difícil pero imprescindible solución, tales como la apabullante desigualdad, la pobreza crítica, la baja calidad y la escasa cobertura de la educación, la falta de oportunidades para el acceso al progreso de regiones enteras del país. A ello se unen serios problemas económicos que lastran el desarrollo, tales como una insuficiente y subdesarrollada infraestructura, una inserción internacional deficiente, así como una baja productividad relativa en términos comparativos internacionales.

En este punto de la historia de Colombia, y frente a la posibilidad de lograr la paz anhelada por una gran parte de la población, se imponen en el país profundos cambios institucionales que permitan profundizar la democracia, establecer mecanismos más efectivos de control social sobre los funcionarios públicos y sobre las instituciones mismas. Significa preparar el país para un progreso incluyente y no sólo para el progreso de sus élites.

About mauriciodemiranda

La Habana, 1 de abril de 1958. Doctor en Economía Internacional y Desarrollo, Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciado en Economía, Universidad de La Habana, Cuba. Profesor Titular del Departamento de Economía y Director del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico de la Pontificia Universidad Javeriana, Cali, Colombia.
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